Sobre la pertenencia

 Ahora está muy en boga hablar de polarización, brecha, antagonismos irreconciliables, etc. Temas que tratamos previamente aquí enfatizando en la cuestión de la pos verdad y los medios. No obstante, esas son características de las polarizaciones que vemos actualmente, más que de las polarizaciones en si (En otro momento desarrollaremos que es “la cosa en si” ¿Realmente hay una esencia en las cosas más allá de su apariencia? ¿No es la esencia esencia en cuanto apariencia?). Veamos si podemos retroceder al origen de la manifestación del conflicto. ¿Qué es el conflicto? ¿Cómo surge?

Una de las perspectivas más abordadas dentro de la teoría del conflicto es aquella que entiende al conflicto como un acontecimiento inevitable en la vida social. Autores como Hobbes o Marx parten de la lucha y el desequilibrio productor de la desigualdad como base de la organización social. Sobre esta base se desarrollan distintos sistemas sociales, destinados a ofrecer vías de canalización de estos conflictos.

Ahora, según esta concepción, todos los aspectos que nos rodean pueden volverse conflictivos. Desde fenómenos religiosos, económicos, culturales, ideológicos, etc. Entonces ¿Por qué algunos evolucionan desde su planteo original y otros no? ¿Podemos establecer una jerarquía entre conflictos? ¿Podemos homologar el conflicto entre obreros y patronales con mi pleito con el vecino por quien poda el árbol?

Desde luego que en ese ejemplo los conflictos no son homologables dado que varía un factor fundamental, los actores del conflicto. Si es un conflicto entre individuos o entre grupos. El conflicto entre individuos puede ser abordado judicialmente, en ese caso sería un litigio y vamos a dejarlo de lado para nuestro análisis dado que no tenemos las herramientas para desarrollarlo en su especificidad (Vale aclarar que hay conflictos entre individuos que no tienen salida judicial y deben arreglarse vía mediación privada. Por ejemplo, dos padres que discuten sobre cómo educar a sus hijos). El conflicto entre grupos, en cambio, puede abordarse por una vía política, o incluso contra el sistema político mismo.

Entonces ya podemos diferenciar dos factores que nos permiten categorizar, a rasgos generales, los conflictos. Por un lado, los agentes parte del conflicto y por otro el fenómeno sobre el cual se construye (potencialmente) el antagonismo. Ahora, el surgimiento de conflictos individuales parece intuitivo. Dos individuos se disputan la tenencia de un bien (físico o no) limitado. ¿Y cómo llegamos a conflictos más generales?

Cuando se aglutinan una serie de sujetos con demandas similares, ese fenómeno que origina el conflicto funciona como un ordenador y una fuente de identidad. Esta idea está ampliamente desarrollada en el texto “Hegemonía y estrategia socialista” (1985) de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe cualquier diferencia puede volverse antagónica. Basta con que un determinado sector la emplee para definir su identidad. Estas identidades, forjadas respecto a ciertas posiciones con determinados conflictos, constantemente varían. No todos los sujetos tienen las mismas demandas, ni les otorgan la misma importancia a todas las demandas.

 Esta aglutinación tiene varias consecuencias. Por un lado, le da más fuerza a la demanda, al reunir más actores “empujando” por un mismo resultado. SI cada demanda buscara su satisfacción por separado, posiblemente fracasarían a medio camino. Por otro lado, distorsiona la demanda original, dado que al canalizar la demanda en un nuevo agente (la masa) las características individuales se pierden en favor de las generales. A mayor aglutinación, mayor fuerza y mayor distorsión. No podemos establecer una razón matemática entre estas cuestiones, dado que las configuraciones en las que se presentan varían enormemente de un escenario a otro. Espero que esto no se interprete como un argumento historicista ni parecido, dado que el hecho de no poder cuantificar la relación no quita que sea analizable. Por lo tanto, contentémonos con decir que la distorsión y la fuerza de la demanda van, relativamente, de la mano.

Para dar un ejemplo, una demanda por una política de energías renovables es más fuerte en un frente de izquierda que en un partido verde. Sin embargo, también está más distorsionada.

¿Qué vemos en la actualidad? Que esa potencia de un fenómeno de convertirse en un conflicto decanta en mayor medida que antes. Una cuestión como si debemos o no ponernos un barbijo se vuelve una cuestión antagónica, dentro de un conflicto más grande. Y los sujetos a ambos lados del antagonismo buscan ferozmente volcar nuevos fenómenos dentro de esa “grieta” y, recíprocamente, definir al conflicto y definirse a ellos mismos.  

En cada campo que nos encontremos podemos ver esta tendencia a formar dos polos e incorporar conflictos a ser polarizados. Y dudo que esto sea algo nuevo. Quizá con el desarrollo de la sociedad encontramos nuevos fenómenos (la problemática sexual no era considerada conflictiva hasta los 60, al igual que el surgimiento de nuevas tecnologías genera nuevos espacios para el conflicto) sobre los cuales construir antagonismos, y por eso tengamos la sensación de vivir en una sociedad más “dividida”. Lo cual no quita que nuestra forma de pensar “tribal” de “ellos o nosotros” haya existido siempre.

Hay ciertos conflictos que tienen un carácter histórico, o que ayudan a definir entidades nacionales. Por ejemplo, la cuestión Malvinas ayuda a definir la identidad nacional argentina al crear un antagonismo con el Reino Unido.

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