Mafalda y la Revista Sudestada
Un policía escucha en la radio del auto
“Hay un imbécil yendo a contramano en la panamericana”
y contesta “¿Uno solo? Hay miles!”
§ 1. ¿Quién es Susanita?. La amiga “tonta” de Mafalda. Sirve para marcar el contrapunto entre las reflexiones de Mafalda y el “sentido común”. Todos sabemos que Mafalda es el ejemplo a seguir, y Susanita bueno… Es una amiga.
// En la idea de Jung sobre el desarrollo de la personalidad (tema que podremos abordar a pleno en otro momento), los arquetipos aparecen como “andamios a priori del inconsciente”. De la misma forma que la estatua ya está en la piedra y el tallador solamente debe descubrirla, la personalidad de uno ya está en el arquetipo y solamente hay que desarrollarla. //
Pero honestamente ¿Quién puede criticar a Susanita? Es el perfecto caso de reproducción social. Una chica de clase media que replica la cosmovisión de la clase media. Susanita es el arquetipo de mujer de clase media. Preocupada por la familia, sin mayores ambiciones profesionales, formalmente liberal pero profundamente conservadora.
§ 2. No quiero ir en esa dirección tan fácilmente. Es muy fácil criticar a Susanita por “ignorante” y “oligarca”. Si bien es verdad, también es verdad que Susanita es más popular que Mafalda. Popular en este sentido, representa al imaginario colectivo. Es una crítica despectiva a ese populacho, que es ignorante y oligarca (al menos en términos aspiracionales).
¿Y Mafalda? Una nena sobreestimulada y con ataques de superioridad moral. Todo el tiempo corriendo por izquierda a sus compañeritos (que no se, deben tener 6 años) y criticandolos de cipayos, faltos de consciencia de clase, racistas, clasistas y todo lo que se le pase por la cabeza. Siempre con una mirada escéptica de la situación y profundamente desconfiada de la sociedad y sus resultados.
Hay una posición en las lecturas de Mafalda sumamente vanguardista. Ella, la iluminada, tiene una conciencia abstracta y supra histórica. “Sabe” lo que es lo mejor para el pueblo, independientemente de lo que ellos efectivamente quieren.
§ 3. Tanto Mafalda como Susanita recogen la representación de dos grupos distintos. Siendo Mafalda las clases populares (identificados en el contexto de Mafalda con los trabajadores) y Susanita esa clase media-alta aspiracional. Acá hay dos movimientos distintos en Susana y en Mafalda.
En Mafalda ese movimiento toma la siguiente forma:
“ el cual, siendo en forma de Dios [...] se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; “
Filipenses 2.6-7
Ella, una chica de clase media universitaria (forma divina), se autopercibe como semejante a los hombres (forma de siervo), “humillandose”. Habla desde el lugar de ellos, pero no tiene “su forma”. En realidad, tiene forma de clase media, y los desprecia profundamente.
Susanita toma el camino inverso. Ella, siendo de clase media (forma de siervo), se autopercibe como de clase alta (forma divina), “enalteciendose”. Le pasa lo mismo que a Mafalda, habla desde el lugar de la clase alta, pero no tiene su forma.
§ 4. ¿Qué son estas disociaciones? Acá hay una falta de consciencia de clase. En Susanita es total, porque no es consciente de los efectos que tiene la posición de clase en la sociedad, y tampoco se reconoce en la clase a la que pertenece. En Mafalda esa falta es parcial, porque bien conoce los efectos de la clase, pero no termina de reconocerse en su lugar.
Que Susanita hable como clase alta sin serlo es el típico problema de la clase media argentina. Ya sabemos lo que pasa. ¿Y cuál sería el problema de que Mafalda se arrogue la voz de las clases populares? En principio ninguno, el problema creo que pasa porque se confunda “tomar la forma del siervo” con “tener la forma del siervo”, siguiendo con nuestra metáfora teológica.
«Dos hombres fueron al templo a orar: uno de ellos era fariseo, y el otro era cobrador de impuestos. Puesto de pie, el fariseo oraba consigo mismo: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás, que son ladrones, injustos y adúlteros. ¡Ni siquiera soy como este cobrador de impuestos!”
Pero el cobrador de impuestos, desde lejos, no se atrevía siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “Dios mío, ten misericordia de mí, porque soy un pecador.”
Yo les digo que éste volvió a su casa justificado, y no el otro. Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.»
Lucas 18.10-14
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