La moral del trabajo
//Este trabajo lo escribí antes de leer “La abolición del trabajo” de Bob Black. Ya me doy cuenta que es incompleto.
§ 1. Tintes de clasismo. Ahora que volvió a estar de moda el Carlo (o en realidad su índice de inflación y nada más) quiero subirme a esa y citarlo para arrancar. Dijo Menem en la campaña de 1989: “Voy a gobernar para los niños pobres que tienen hambre y los niños ricos que tienen tristeza” Una frase tan buena que solo el mismísimo caudillo de la shioja puedo haberla dicho.
La primera reacción es pensar “¿Y acaso los niños pobres no tienen tristeza?”. Pero por debajo de esa frase hay una idea que está muy arraigada en el inconsciente colectivo: a cada estrato social le corresponde “preocuparse” por algo distinto. ¿Las clases bajas? Deben preocuparse por su sustento material. ¿Las clases medias? Ahí tienen una mayor amplitud para sus preocupaciones, que pueden ir desde el desarrollo personal al económico. ¿Y las clases altas? Deben cultivar la cultura por supuesto. Leo estas palabras y pienso que es muy básica la descripción que estoy haciendo, que solamente es un prejuicio y que la realidad no debe asumir esa forma. Pero parece que efectivamente es así.
Volvemos con la frase de Menem. Cada estrato con lo suyo. Los pobres con la materialidad (el pan de cada día), y los ricos con la espiritualidad. Pero, ¿No hay algo en el sentido común que nos dice que es así? Osea digamos, si hay que establecer prioridades parece ser lo evidente. Sin la satisfacción de las necesidades materiales no es posible “avanzar” con otro tipo de necesidades. Es una condición necesaria el tener resuelto lo básico para a partir de ahí seguir con otro tipo de demandas.
§ 2. La justificación del clasismo. Y acá aparece el discurso de la meritocracia. Valdría la pena hacer un análisis desmenuzado de este discurso , en otro momento nos pondremos con eso. Por ahora digamos lo siguiente, bajo el discurso del mérito -Yo tengo lo que tengo porque me lo gane- se esconden dos intenciones. Por un lado, legitimar la desigualdad social y por otro lado ocultar el origen de esa desigualdad. La legítima, porque si cada uno tiene lo que merece, si mereces más lo vas a tener. Es una puerta de entrada “abierta” para todos. El pobre es pobre porque quiere. Y oculta sus orígenes, que ya no son la herencia o los mecanismos de reproducción del poder lo que causan la desigualdad, sino el mérito “autogenerado”.
// La puerta “abierta” de la que hablamos recién es solo una apariencia, porque cuando entra alguien que no corresponde se lo marcan en la cara. Ejemplo de esto es el ataque que recibe la diputada Natalia Zaracho, proveniente de la economía social. Uno podría decir “Ganó las elecciones y es diputada, no hay más discusión”. Sin embargo, no deja de recibir impugnaciones por no tener un título universitario (como tampoco lo tenía Lula) un claro signo de poder de clase.
Así, la meritocracia funciona organizando la distribución de recursos en la sociedad tomando como criterio el mérito individual. ¿Y cómo uno puede hacerse mérito? “Rompiéndose el lomo”.
§ 3. La moral del trabajo. Partiendo de esta idea que es el trabajo y el esfuerzo propio el que legitima la posición social, aparece una carga moral sobre el acto de trabajar (y como consecuencia una carga moral sobre la posición social). Trabajar es realizar un esfuerzo material para “ganarse” su sueldo. El pobre que no trabaja aparece entonces como una carga, alguien que vive de lo ajeno. Todo esto aparece condensado en la expresión “agarra la pala”.
Cuando estos sectores (legitimados por su trabajo) hablan de los planes sociales de una forma emotiva (“Destruyen la cultura del trabajo” “¿Porque tengo que mantener parásitos con mis impuestos?”) hay una intención. Ese discurso despectivo sobre la seguridad social hay que leerlo en paralelo con ciertas expresiones “empleadoras”. ¿Alguna vez escucharon decir que nadie quiere trabajar? ¿Alguna nota del estilo “Se ofrecieron x puestos para la temporada y no se presentó nadie”? Lo que les molesta es que esos “vagos” no quieran someterse a condiciones de esclavitud. Que esos vagos no quieran pasarse horas haciendo trabajos desgastantes, que los empleadores nunca harían, a cambio de monedas.
//Recuerdenlo niños, lo único que le impide a las empresas tener esclavos es la ley.
Me mata la idea de los “parásitos”. Porque pensando de otra forma, los parásitos son los ricos. Los que viven de “chupar” las rentas y el trabajo ajeno. Y ojo, no lo digo yo que soy zurdito, lo dice la ley. Establece la Ley de Contrato de Trabajo:
Art 4. Constituye trabajo toda actividad lícita que se preste en favor de quien tiene la facultad de dirigirla, mediante una remuneración.
Es trabajar en favor de otra persona. Toda esta construcción del mérito a partir del trabajo solo funciona para estimular más aún ese mecanismo de concentración de la riqueza. Para muestra un botón. Y podría extenderme más sobre la figura del parásito pero voy a dejarles este extracto de Fisher.
§ 4. A cada clase lo suyo. Me acuerdo que cuando Kicillof anunció los viajes de egresados de la provincia salieron a decir “¿Les parece gastar tanta plata en viajes de egresados? ¿Por qué no lo gastan en la gente que tiene hambre?” (Volvemos, los niños pobres tienen hambre, los ricos tristeza) Ahora, esa misma gente se queja cuando le dan fondos a los pobres “Están criando vagos. Hay que enseñarles a pescar no darles pescado!!!!”. Fundamentalmente lo que les molesta es que a esa gente no le peguen un tiro en la cabeza o algo así.
Como sea hay que repetir algo tan elemental como el agua. Los ricos y los pobres son personas por igual. Este apartheid social que mantenemos donde solo los ricos pueden darse lujos como tener un viaje de egresados mientras que los pobres deben trabajar para que los ricos puedan irse de viaje nos cago la cabeza.
"No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"
Creo que tenemos que retomar la bandera del mérito, pero hacerla nuestra y de verdad. Los únicos vagos que existen son los parásitos “los argentinos de bien”. Los veo todos los días en la facultad, repitiendo un discurso del mérito después de poder recibirse sin haber trabajado gracias a la plata de papa. Esos son los vagos que tienen que agarrar la pala.
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